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La Bestia, refugio para miles de migrantes

Madre, regálame su pan y su leche”, fue lo que escucharon las hermanas Bernarda y Rosa cuando caminaban por las vías del tren. Sin saber que hacer, se quedaron observando a todas esas personas arriba del tren que las veían con desesperación.


¿Quiénes son esas personas?”, le dijo Bernarda a Rosa. Jamás habían visto algo similar y por su manera tan distinta al hablar, las hermanas supieron que no eran de Veracruz, ni siquiera de México. Entonces en un acto de bondad, ellas estiraron la mano y dieron el pan y la leche a las personas del tren. A partir de ahí el resto es historia, una que la mayoría conocemos pero pocos han tenido la experiencia de vivirlo.

Ellas son “Las patronas” y son muestra de generosidad porque se desviven para poder darles no solo la comida que preparan día con día, sino también, un refugio para que tengan donde pasar la noche a viajeros que se han visto forzados a abandonar sus casas en busca de nuevas oportunidades, de un lugar mejor con la promesa de que su situación económica mejorará.

Estas mujeres dan todo a cambio de amor, porque como dicen, “esta misión nos la encomendó Dios”, todos estos actos de humanidad que día a día realizan sin duda alguna se ven reflejados en sus rostros de paz y armonía.

Son mujeres que tienen sus ollas siempre llenas de comida que comparten a los migrantes y visitantes. Es fácil hacer con ellas una profunda conexión.

Hemos visto documentales sobre ellas como Llévate mis amores, (2016), conocemos sus inicios y sus nombres, pero desconocemos sus anécdotas y lo más importante, casi nadie sabe la historia de las personas que viajan miles de kilómetros hacia un futuro incierto y peligroso, donde no saben si volverán a ver a su familia, donde no saben si sobrevivirán.

Según porcentajes del INEGI, en promedio, cada minuto tres personas abandonan su país para buscar protección, nuevas y mejores oportunidades para su desarrollo, siendo Estados Unidos un referente de los migrantes de Latinoamérica.

Y no es novedad que estas personas en su viaje para cumplir “el sueño americano” se vean expuestos a situaciones que ponen en riesgo su vida.

Los migrantes se han convertido en un negocio para las autoridades o extorsionadores. Se aprovechan de su vulnerabilidad y abusan de ellos al darse cuenta de que no conocen el territorio mexicano o al verlos desprotegidos.

El subirse al tren, no les sale gratis, las personas han sabido cómo sacar ventaja de sus carencias y les cobran una cuota, ya sea en dinero o en cosas materiales. También ellos al viajar solos tienen que aprender a no confiar en nadie, pues así como puede haber gente que se preocupa por su bienestar, existen otras que tratan y muchas veces logran ganarse la confianza de estos viajeros para obtener información personal que aprovechan para extorsionar a las familias y si no lo consiguen, corren el riesgo de ser mutilados o que trafiquen con sus órganos.

No obstante existen varios grupos que se dedican a ayudar a los migrantes en su camino. En Amatlán de los Reyes, en el centro de Veracruz, se encuentra una comunidad llamada “La Patrona” y es donde este grupo de mujeres radican. Este lugar ha servido de refugio para miles de migrantes que se transportan en “La Bestia”.

Esta comunidad se vuelve un foco importante para las personas indocumentadas de Centroamérica que viajan al norte del continente, pues Las Patronas desde hace más de 20 años se han dedicado a alimentarlos y darles refugio de forma desinteresada.


Si bien todo el esfuerzo de este grupo de mujeres ha convertido de la zona en una especie de estación de libre paso para todos los migrantes, los peligros que parecen ser inherentes a la ruta de la frontera, como lo son los abusos por parte de las autoridades o la fuerte presencia de grupos del crimen organizado, hacen que el viaje esté constantemente rodeado de violaciones, robos, secuestros y extorsiones hacia esta gente.


La inseguridad de la región y las circunstancias en las que está la gran mayoría, migrantes o criminales (y en algunos casos incluso las autoridades) solo abonan el terreno para que la inseguridad y la corrupción sigan prosperando, esto es un riesgo que inevitablemente afecta a Las Patronas.

No hace falta recordar la ola de crímenes y violencia que ha azotado a las mujeres en México y Centroamérica desde hace ya muchos años, cifras espeluznantes como las que arrojó el reportaje de Vanguardia en noviembre de 2017, el cual destacó que 7 de cada 10 mujeres migrantes son violadas en el trayecto que sigue “La Bestia”.

Las Patronas no están exentas de este tipo de riesgos y son los mismos que han estado dispuestas a enfrentar durante los últimos 20 años de servicio en los que se han entregado. Y a pesar de todos los riesgos que enfrentan día a día, nunca dejan de brindar apoyo a quien sea que llegue al albergue: “No importa quien sea o que haya hecho, si llega a mi puerta en busca de comida, un lugar para dormir o atención médica, yo no soy nadie para negarlo. Aquí les doy de comer, así solo sea una tortilla o un pan, si lo necesita, lo damos”, esto fue lo que nos dijo Norma, la líder de este grupo al preguntarle si han llegado criminales al albergue.

“Las señoras tienen buen trato con uno, no entran en problemas de ninguna índole, se portan bien con la gente y abren los brazos a todo mundo, no sólo a los migrantes, también a las personas del pueblo (...) Hay gente que ha venido a pedir pan, tortilla, frijoles, gente pobre y nunca se les niega nada.” Dijo Antonio, un voluntario que lleva 9 meses ayudando en el albergue, respecto a Las Patronas

Lo que más nos sorprendió es que han llegado personas “peligrosas” al albergue, nunca han arremetido contra ellas: “Aquí han llegado maras, personas que se ven malas y ellas los reciben, yo como duermo aquí en las noches hasta pongo seguro y una silla, escondemos los cuchillos porque pensamos que nos van a matar en la noche, pero ellas les ofrecen todo “ coman hijos, ahi hay pan” y aunque sean muy maleantes como que agarran cariño con las señoras por la atención y no se pasan de listos con nosotros.” Agregó el señor Antonio después de preguntarle sobre los riesgos de la zona en la que se encuentra el albergue y cómo se siente al respecto.

Una conmoción, una mezcla de deslumbramiento y esperanza, te invade al escuchar cada uno de los testimonios de las personas que hacen lo posible por tener una mejor vida en otro país, ya que en el suyo es casi imposible sobrevivir.

En todo momento te preguntas si lo que hacen es adecuado, aunque esto no se trata de hacer o no lo correcto, sino de estar mejor e ir hacia el camino de “la esperanza”, o por lo menos eso es lo que ellos desean.


Julia Ramírez, una de las mujeres de este grupo es a quién le ha costado trabajo desprenderse de los migrantes cuando la hora de partir llega. Es difícil porque desde el momento en que entras, si no es Bernarda, es Julia quien te recibe desde la cocina con su dulce voz. No sientes que hayas entrado a un lugar desconocido, te sientes como en un hogar.

Ella es quien se sienta con cada viajero a pedirles sus datos personales en caso de alguna emergencia, ya sea que algún familiar lo esté buscando y esa persona ya se haya ido del albergue, o por problemas de salud. Ella es quien lleva todo el control del flujo de migrantes en el albergue y quien se lleva la peor parte. La despedida.


Hace muchos años, cuando mi esposo todavía vivía, hubo un joven que llegó acuchillado. Yo lo cure y lo alimenté por días, le daba su medicina y todo el tiempo me fijaba si estaba bien (...) sentí muy feo verlo salir por la puerta, me senté pero de lejos veía que se iba y regresaba, así varias veces hasta que me llamó. Me dijo: “Madre, le puedo pedir un favor” yo le dije que sí y lo que me dijo fue “usted ha sido como una madre para mí ¿Me regalaría su bendición?” me acerqué y se la di.” Con lágrimas en los ojos y con las voz entrecortada, esto fue lo que nos contó Julia al preguntarle si un migrante la había marcado emocionalmente.


Los mismos migrantes son quienes describen este lugar como su segundo hogar, el albergue es respetado, no solo por los que llegan, sino por la misma gente del pueblo. Las personas no tienen miedo en quedarse ahí y pasar varias noches en la tranquilidad de una cama que ellas les ofrecen, pues la misma policía no se atreve a entrar para llevarse a los viajeros, porque saben que si lo hacen el pueblo se levantaría.


Este albergue se ha ganado el respeto y el cariño de muchas personas, no solo de México, sino también del mundo. Vivimos en una sociedad que pide pero no da nada a cambio, que se queja de injusticias, pero esos mismos son quienes las cometen. Estas mujeres son un ejemplo de que no se necesita mucho dinero o ser muy reconocido para hacer una obra de caridad sin esperar algo a cambio. Ellas son las madres que los migrantes conocen en el camino.

MG




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