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Paraísos cuerpo adentro


La idea del paraíso hoy la hemos traído al más acá, a la cotidianidad del reflejo de una forma de pensamiento, a la búsqueda del contento. Hoy se vive desde este otro lado. Cómo lo traducimos en nuestra mente es una vivencia totalmente personal.


“Paraíso: ese lugar esquivo donde se desvanecen las ansiedades, las luchas y las cargas de la vida. La mayoría de nosotros soñamos con él, pero cada uno de nosotros tiene ideas muy diferentes sobre dónde se encuentra. Para algunos, sólo se puede disfrutar después de la muerte; para otros, está en nosotros, o simplemente al otro lado del océano, si tan solo pudiéramos encontrar ojos para mirarlo”, escribe Pico Iyer, ensayista y novelista inglés en su último libro La vida a medio conocer: en busca del paraíso (por su traducción al español).




Paul Gauguin tradujo su paraíso interior en un cuadro de colores cálidos que muestra un paisaje de Tahití. Montañas, árboles, palmeras, hierba, un campesino solitario. Una gran nube blanca, un elemento gráfico sólido, fuerte y dinámico que aglutina el gran plano verde de abajo. Tahití se convirtió en el hogar del artista en los últimos doce años de su vida. Quizá la idea que tenía del lugar se disolvió en la realidad. Cuando llegó ya estaba demasiado occidentalizado, así que en su obra fingió el paraíso que esperaba. El cuadro se titula Paisaje Tahitiano y lo pintó en 1891. El paraíso, el de Gauguin, es de colores, orgánico, vegetal, animal. Es un jardín. Gauguin fue al infierno en las islas y regresó.


En su libro, Pico Iyer –quien ha pasado su vida viajando– parte de la noción de que el paraíso está escondido en los lugares más conflictivos del planeta; Irán, Corea del Norte, Cachemira, El Tibet, Sri Lanka, Jerusalén… En un pequeño pueblo, donde el poeta iraní Ferdowsi está enterrado, el autor reflexiona: “después de años de viajes, comencé a preguntarme qué tipo de paraíso se puede encontrar en un mundo de conflicto incesante, y si la búsqueda misma no podría simplemente agravar nuestras diferencias”. Son los poetas persas los que han nombrado el cielo: “he descrito el mundo a través de un paraíso de palabras”, dice Ferdowsi.


En el Corán, el jardín eterno, promesa de felicidad, es “tan amplio como el cielo y la tierra y en cuyas tierras bajas fluyen riachuelos”. La misma palabra farsi se usa para “jardín” y para “paraíso”. Los jardines amurallados persas quedan como testimonio de que en la tierra puede existir el cielo. En el libro Khamse -Cinco historias, del poeta Nezami Ganjavi, existe una ilustración en miniatura que retrata el momento en el que el príncipe Josrou ve por primera vez a Shirim, su prometida. Ella se está bañando en un manantial, los colores son vivos, la fauna abundante; hay flores, hojas, troncos, árboles, agua, el inicio del amor. Es el paraíso, sutil pero poderoso. Los amantes, al menos en este momento, no se encuentran.


Para las culturas mesoamericanas, Tamoanchan es un lugar mítico paradisíaco donde nacieron las flores y el maíz; es fuente de toda vida. Un árbol florido, como se plantea en el Códice Matritens, que lo muestra como un lugar de gestación: la diosa Tlazoltéotl tiene un telar de cintura atado al xochicuahuitl (el árbol florido). Los mexicas también le llamaban Xochitlalpan, “tierra de las flores”.


Una constante en La vida a medio conocer: en busca del paraíso es el cuestionamiento sobre si este anhelo de un mundo ideal no es una especie de maldición e incluso una herejía. En una entrevista, Iyer responde: “Creo que la pandemia nos enseñó que no tenemos tanto control sobre las circunstancias externas, pero tenemos más control del que imaginamos sobre las circunstancias internas. Así que ahí es donde encuentro posibilidades. Ahí es donde siento que en cualquier momento podemos crear una vida mejor”.





Mientras la búsqueda de la felicidad es un anhelo social impuesto por las ansiedades de la contemporaneidad, el contento es un estado individual que es todo y nada. “El pensamiento de que debemos morir… es la razón por la que debemos vivir bien”, culmina Pico Iyer.

 




Anitzel Díaz

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